domingo, 6 de marzo de 2016

40 AÑOS DESPUÉS...

A LOS JÓVENES MILITANTES, NUESTROS HIJOS Y NIETOS, EN CUYAS MANOS ESTÁ EL PRESENTE Y EL FUTURO.


Por Néstor Medina / Cuernavaca - México, Marzo de 2016.

Al cumplirse el cuadragésimo aniversario del último golpe militar en Argentina, resurgen recuerdos de este testigo superviviente y exiliado -sin auto victimización- que anota para nunca olvidar qué y cómo sucedió. Nunca olvidar.

Algunas cosas que diré, seguramente son conocidas por estar ampliamente documentadas. En consecuencia, trataré de ir directo a lo medular de lo ocurrido a partir del 24 de marzo 1976 y hasta 1983, año en que, oficialmente, caducó la devastación castrense. En el lapso mencionado hubo más de 30.000 desaparecidos previamente torturados y luego asesinados. Debemos agregar otros cientos que eran presos políticos “legales” y fueron, también, martirizados y fusilados. Sin omitir, faltaba más, a los valientes que cayeron en combate, abonando con su sangre el suelo patrio. Los restos de esos Compañeros, como sucedió con los del Che Guevara en Vallegrande, Bolivia, siguen siendo recuperados de las fosas clandestinas de mi tierra, por los tenaces perseguidores de la verdad, la justicia y el amor al Progreso.

No teníamos duda de que el inquietante ruido era -no había precedente desde nuestra llegada a la cárcel en febrero del 75- el de un helicóptero pesado que se aproximaba con la poderosa tos de un dios, que se repetía locamente y se sumaba al silbido agudo de sus aspas. El 23 de marzo de 1976, aun estábamos de a uno por celda pero, al alba del 24, en un procedimiento relámpago y de inusitada violencia (éramos unos 45 “políticos”) nos agruparon de a seis por celda -con espacio para dos- en la planta alta del pabellón.

Cuando la nave aterrizó por primera vez en el campo de deportes de la cárcel “modelo” de Villa las Rosas de la capital salteña, el atronador ruido y el polvo que lo invadieron todo, intimidaron hasta al más valiente del apretado grupo que yo integraba. Sobre todo por no entender qué estaba pasando y mucho menos porqué. El asunto era “sencillo”, según nos explicó el director después del tercer y último aterrizaje, ese 24 en la tarde: “Las Fuerzas Armadas (él era sargento retirado) han tomado el poder. No tienen que preocuparse; todo está controlado. Yo espero ordenes de mis superiores.” ¡Nada más! Y nada menos. Por los informes clandestinos que nos llegaban de las “orgas” desde varios meses atrás, el golpe era inminente, pero no sabíamos cómo ni cuándo se daría. Ni qué sucedería después… Muy pocos, como Úsinger y Georgina, esos cuadros joya, no tenían miedo.

A partir del 25, comida racionada de mala calidad, suspensión de atención médica, hostigamiento psicológico, violentas y frecuentes requisas, aislamiento de a uno en calabozos estrechos y oscuros, incomunicación total interna y externa para tortura de nuestras familias, etc. Poco después, en julio, fusilamientos de compañeros sin distinción de sexos. Con todo y por algún milagro, poco que ver con el horror de La Perla en Córdoba o la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada) en Bs. As.

A más tardar el 26 de marzo de ese 76, por las noticias que nos pasaban algunos celadores simpatizantes (dos o tres), ya sabíamos que las celdas de planta baja estaban llenas de peronistas de todo pelaje -del centro a la derecha- que habían llegado en el helicóptero. La mayoría sindicalistas. Un par de meses después los soltaron a todos, no sin antes una advertencia que escuchamos claramente: “La bronca grosa no es con ustedes, señores, pero a partir de ahora se acabó la joda. Se terminaron las huelgas, las marchas, el choreo a cuatro manos y los reclamos de aumentos. Piensen, antes de dejar huérfanos y viudas… ¡¿entendido?!”, les gritó un milico. Como respuesta un murmullo. Seguramente el terror sofocaba las voces.

La última dictadura nos legó un país económicamente quebrantado. Un solo dato: en el período que hemos mencionado, la deuda externa argentina pasó, si no me fallan los números, de casi 8 mil millones de dólares en el 74 a más de 45 mil millones de dólares en el 83, incrementándose en 465%… Sabemos que gran parte de tal fabulosa cantidad terminó en las bolsas de los chacales uniformados y sus socios como botín de guerra, por “servicios prestados a la Patria”, a la que traicionaron. Una de las tantas formas del saqueo al patrimonio público, consistió en el autoincremento sideral y vergonzoso de salarios y préstamos personales, con la justificación de que la profesión militar era de alto riesgo. Por varios años nos robaron la esperanza, el decoro y la libertad; en no pocos casos, también las ganas de vivir dentro y fuera de Argentina.

En aquel tiempo de plomo, posterior a la muerte de Perón, las fuerzas armadas, incluyendo a las policías y la Gendarmería, soltaron sus rottweiler de dos patas bien adiestrados para morder, desgarrar y asesinar. Las cárceles se convirtieron en campos de concentración saturados de militantes de todas las organizaciones políticas progresistas y de ladrones de gallinas, estos últimos, víctimas del desmadre neoliberal que disparó el índice de pobreza e indigencia a cifras sin precedentes. Gran responsable de esa tragedia: José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía e ideólogo de la dictadura.

El patrimonio de decenas de miles (inmuebles, muebles y un largo etcétera), también fue considerado botín de guerra, junto a los bebés que les arrancaron ferozmente del vientre a las compañeras, en los centros clandestinos de detención, después de torturarlas y finalmente asesinarlas. Y Dios (el de ellos), ciego, sordo y mudo…

Aquel avieso y corrupto régimen diezmó a la flor de la juventud que, aun cometiendo errores, luchó por el ideal de un país y un mundo mejor. No hay que olvidar tampoco que los sátrapas de todas las armas tuvieron cómplices y patrocinadores. Entre los más siniestros: Henry  Kissinger, La Sociedad Rural, Los diarios Clarín y La Nación y algunos prominentes miembros de la Iglesia Católica, como el Nuncio Apostólico Monseñor Tortolo, quien nos visitaba en la cárcel de La Plata para decirnos que Videla era “oro en polvo” cuando, ingenuamente, le hablábamos de las torturas a que nos sometían.

Otros cómplices, fueron personajes de la clase política. Se sumó a estos el ala fascista del peronismo en que se sustentaron las “AAA” (Alianza Anticomunista Argentina). Colaboraron con la dictadura, además, funcionarios del Poder Judicial, asociaciones profesionales -algunas de abogados y empresarios- (son emblemáticos los casos de Ford y Mercedes Benz) y las embajadas de los imperios que se repartieron el mundo durante la “Guerra Fría”. El FMI, el BID y el BM fueron los banqueros del “Proceso”, y otros regímenes vecinos se coordinaron con nuestros verdugos para el armado del Plan Cóndor. También apoyó a la dictadura la Sociedad Interamericana de Prensa. ¡Formidable alianza fascista!

Durante el mundial de fútbol de 1978, la presión internacional contra el Estado criminal se intensificó significativamente. Entonces, los milicos -como les decimos a nuestros soldados profesionales afectuosamente- sacaron de la gorra aquello de “somos derechos y humanos”. En realidad, sólo eran mercenarios disfrazados de celosos defensores de la Patria y la Democracia. Como vemos, no carecían los monstruos de cierta dosis de humor negro, atroz  cinismo y  cierta creatividad para lo perverso.

Sobre el tema del Mundial de fútbol en plena tiranía, va una  anécdota para amenizar: Cierta gélida jornada de junio de ese 78, ya en fase de eliminatorias, la Selección Argentina jugaba contra... ya no me acuerdo. Yo estaba confortablemente instalado sobre una especie de colchón rebosante de chinches sobre el piso helado y húmedo de mi cueva en la tenebrosa cárcel de Sierra Chica -al sur de Buenos Aires-, domicilio compartido con “Patatín” Guevara de la Serna, hermano menor del Che, el “Chango” Tumini, el millonario judío Lockman (un delincuente común al que tenían secuestrado pidiendo rescate a su familia) y un dirigente nacional del PC “chino” entre otros, y en un pabellón especial, algunos peronistas de derecha privilegiados con visitas, deportes, televisión y otros primores. Una melange surrealista.

Al declinar esa tarde de fut, sorpresivamente, se filtró por nuestra ventana que daba a un patio exterior, la transmisión por altoparlante del mencionado partido. ¡No podíamos creerlo! ¿Se venía la mano blanda? ¿Dejaríamos de ser tratados como animales de laboratorio en esa cárcel que era un campo de exterminio? Nada de eso. Era parte de la sistemática y sofisticada tortura psicológica. Los sádicos milicos dejaban el sonido unos segundos y lo cortaban por varios minutos. No supimos el resultado del juego sino hasta el día siguiente pero sí, por voz de un celador sarcástico e histérico, que nos estábamos “perdiendo el Mundial por apátridas, comunistas y asesinos”.

La mayoría éramos conscientes de que usaban el evento deportivo con fines de propaganda, como en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 lo hizo Hitler y, Mussolini en el Mundial del 34. Pero el pequeño fanático del excelso deporte del balompié, que todo auténtico gaucho lleva en el corazón, nos creaba una contradicción irresoluble (como más tarde, ya en el exilio, nos pasó a algunos con Malvinas). Cuando nos enteramos de que Argentina había ganado la Copa, algunos compañeros lo festejaron a gritos… en concierto con nuestros verdugos.

En aquel magno evento deportivo, estuvo como invitado especial el necrófilo Kissinger, quien declaró a la prensa en Buenos Aires: “Este país tiene un gran futuro a todo nivel” (fue paradójicamente profético, si tenemos en cuenta los avances de estos últimos años premacristas…). Los militares aplaudieron eufóricos levantando la Copa y, Berti Vogts, capitán del equipo alemán, declaró a pregunta expresa de un periodista funcional: “Argentina es un país donde reina el orden, y no he visto a ningún preso político.” Maravilloso…

Sucedió un avatar de importancia para aquella época, acontecimiento que los dictadores y sus socios sobrevivientes lamentan hasta el día de hoy; un caso singular que no volvería a repetirse y salvó muchas vidas: la asunción, en enero de 1977, de “Jimmy” Carter Jr. como presidente de EU. Carter -para mi gusto- es un rara avis que reniega (al menos públicamente) del autoritarismo y desea figurar en la Historia como Campeón de los Derechos Humanos. Apenas comenzado su mandato, asumió una actitud muy crítica contra sus predecesores en la Casa Blanca y tildó de inmoralidad gubernamental la intervención de su país en apoyo de las dictaduras militares del mundo… Muy probablemente a él y a la Cruz Roja Internacional más que a otros, les debemos que hoy podamos contar esta breve historia.

Aquellos compañeros que “se nos adelantaron”, como dicen ciertos poetas, y hoy yacen bajo la piel inquieta de la tierra o el mar, sólo están descarnados, pero más vivos que nunca en nuestras mentes y corazones. Por ellos seguiremos militando hasta nuestro último segundo, aunque sea anotando recuerdos, pareceres y denuncias

Desde 1983, tímida y torpe, comenzó a asomar nuevamente la democracia, por llamar de algún modo a ese régimen que con Alfonsín retomó el Gobierno mas no el poder, lamentablemente. Hoy, como un suceso histórico sin precedente en los últimos dos siglos, llevamos más de 33 años sin golpes militares. Treinta y tres años de putearnos unos contra otros, por usos y costumbres, pero con predominio de una paz cívica ejemplar en Latinoamérica. Por primera vez en Argentina, un civil tiene más poder que un militar. Por primera vez el estado y la sociedad civil pueden enjuiciar, condenar y encarcelar por delitos de lesa humanidad u otros, a un militar. Y no conozco otra nación de nuestro continente en el que ese fenómeno tenga tal magnitud.

Hay un nuevo Espíritu sobrevolando los Andes. Es fruto de la entusiasta acción política organizada. Igual que en los sesenta y setenta, resurge aquel fervor no exento de mística con una novedad: los jóvenes de hoy, por su compromiso -como destacó Cristina Fernández en un memorable discurso con palabras más felices- no arriesgan ya la libertad y la vida por expresar sus ideas. Tristemente, en estos días, eso no está garantizado, lo que nos convoca a redoblar la lucha por la Justicia

Voy cerrando con palabras del poeta jujeño Héctor Tizón: Este será, al menos en mis apuntes, el testimonio balbuciente de mi exilio; […] el testimonio de alguien que anota y sabe que un pequeño papel escrito, una palabra, malogra el sueño del verdugo. Y de los reaccionarios, querido hermano Tizón.

                                                                

No hay comentarios:

Publicar un comentario