domingo, 24 de enero de 2016

22 DE NOVIEMBRE 2015. Dos lecturas y dos respuestas posibles.

Por José Miguel Candia / Ciudad de México, Enero de 2016.

Sin negar el enorme espacio que ocupan los medios de comunicación masiva en el proceso de formación de las opiniones colectivas – a estas alturas nadie podrá hacerse el disimulado sobre el trabajo desestabilizador de diarios como La Nación y Clarín más las múltiples voces repetidoras en radio y televisión – sería, no obstante, un error gravísimo ceder a la tentación de acudir a las respuestas unicausales.

¿Qué diríamos de los analistas guatemaltecos si explicaran el triunfo del actor cómico Jimmy Morales a partir de sus capacidades histriónicas? Repudiaríamos las respuestas por obvias y simplistas. Algo similar ocurre con la candidatura y el triunfo de la alianza Cambiemos el pasado 22 de noviembre. El proceso de construcción de una alternativa conservadora como reemplazo del gobierno “kirchnerista” se estructuró sobre el soporte mediático de un enorme aparato publicitario y en una inteligente labor de golpeteo al oído del público  en base a spots y formulaciones políticas, casi sin sustento, pero cercanas al sentido común. No es bueno engañarse. La campaña que dirigió el ecuatoriano Durán Barba tuvo terreno fértil y creció sobre la actitud receptora de una franja del electorado que ya mostraba cierto fastidio por el desempeño, no siempre afortunado, de agrupaciones como La Cámpora en las instituciones públicas, la centralización – a veces innecesaria – de las decisiones y anuncios en la presidente Cristina Kirchner y algunos casos muy sonados de corrupción por parte de ciertos funcionarios. En este sentido, debe admitirse, que la oposición supo dónde pegar y que se perdió – o se resignó - la batalla cultural. La inflación sostenida y apenas disimulada por las estadísticas oficiales, contribuyó a predisponer a sectores sociales que vieron mermada su capacidad de consumo, a votar por algo “distinto”.

Un dato relevante que requiere un estudio a profundidad, es que en esta coyuntura la alternativa al Frente para la Victoria (FpV) no surgió de vertientes históricas ni del ejército, se construyó en el entorno de una figura que proviene del mundo de los negocios,  ajena al quehacer político y sin vínculos con las dos grandes fuerzas de la política argentina: la centrista Unión Cívica Radical y el referente por antonomasia del campo “nacional-popular”, el peronismo. Mauricio Macri resultó ser la mejor expresión de aquellos sectores del electorado que querían desplazar al gobierno de Cristina por derecha y sin correr demasiados riesgos. La figura de Macri parecía como mandada a hacer para esta ocasión. Sin contaminaciones partidarias - la invención del PRO se parece más a un modelo de automóviles que a una estructura política - se ofreció como un conservador moderno – tal vez próximo al Partido Popular de Mariano Rajoy – y sostuvo un discurso cargado de palabras con “neutralidad” ideológica y buenas intenciones. Basta de confrontación, dijo el candidato,  todos somos argentinos, podemos convivir sin beligerancias ni peleas y la muletilla: hay que cerrar la grieta. Cuando se encontró en la necesidad de definir algo puntual su equipo de asesores le explicó que era mejor no hablar de política. No importa si una empresa es pública o privada – afirmó ante los medios - el objetivo es que sea eficaz y cumpla con sus funciones.

¿Qué oferta política presentó el candidato oficialista durante la campaña? Si la política es una apuesta al futuro, a un porvenir mejor – siempre existe una carga de referentes utópicos movilizadores - el candidato Daniel Scioli no lo supo explicar. Ni en los spot televisivos, ni en el discurso de la plaza pública, se entendió si era la continuidad del gobierno de Cristina o expresaba una profundización y mejora de lo ya realizado, algo así como una alternativa superadora. El mismo mecanismo de selección dañó su imagen. Pudo haber sido designado mediante el proceso de elecciones primarias que se llevó a cabo en agosto (las PASO) en una confrontación interna entre los cuatro aspirantes que asomaron en ese momento. Por esta vía pudo lograr un espacio de legitimidad política – frente a propios y extraños – que no logró desde el mismo momento en que su designación pareció derivarse de un favor de la presidente Cristina.

Tampoco contribuyó la inclusión – mediante el mismo procedimiento – de Carlos Zannini, en la fórmula presidencial. De indiscutible lealtad al proyecto kirchnerista, pero irrelevante en términos electorales, sin impacto en el público,  pasó de noche durante la campaña. En el camino quedaron otros acuerdos que dieron valiosos frutos en las elecciones del 2011, cuando el FpV ganó con el 54 por ciento de los votos. Los sustos en la Provincia de Buenos Aires y la catástrofe electoral en distritos como Santa Fe, Mendoza, Entre Ríos y Córdoba – en esta última fue una paliza de 71 puntos alcanzados por Macri contra 23 por ciento de Scioli – obedece, entre otros factores, a la incapacidad de anudar acuerdos con referentes políticos locales de cierto fuste. Cabe apuntar que la ruptura con De la Sota en Córdoba, se pagó con una diferencia de votos que volcó los resultados nacionales.

Lo que estamos viviendo a partir del 10 de diciembre de 2015 nos hizo pasar de la sorpresa al estupor. Contra lo que se pensaba – una política gradualista que atacaría primero los aspectos económicos – el gobierno de Cambiemos salió, como los buenos defensas, con los tapones para adelante. La estrategia es de confrontación y deja en el olvido las promesas de dialogo y reconciliación nacional que se escucharon durante la campaña.

La política del gabinete de ejecutivos de empresa que designó Macri, tiene dos objetivos claros. Desandar el camino y conceder al gran capital exportador y financiero todas las prebendas solicitadas en materia de impuestos, paridad cambiaria, desregulación comercial, topes salariales  y repliegue de la participación del Estado en áreas sustantivas como educación, salud y programas sociales. En el campo de las dependencias públicas se procura desarticular el andamiaje institucional creado por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. La cultura, los derechos humanos, el sostenimiento de los juicios a los perpetradores de la dictadura, la libertad de prensa y los espacios para programas de radio y televisión de análisis  crítico sobre la realidad nacional, son, entre otros objetivos, ámbitos preferidos para el desmantelamiento o reestructuración. El Instituto Dorrego ya disuelto, el freno a la Ley de Medios, el congelamiento de las actividades en el Centro Cultural Kirchner, el control político sobre Radio Nacional, la  cesantía de periodistas de reconocida calidad profesional como Víctor Hugo Morales, y la no renovación de los contratos de miles de empleados públicos, son botones de muestra para conocer de qué pasta están hechos los gerentes patronales que integran el gabinete de Macri.

¿Qué sigue? ¿Cómo se procesa en el campo popular esta avalancha de medidas gubernamentales? Las fuerzas que integran el FpV, de raíz peronista o de distintas variantes de la izquierda, parecen no haber superado el golpe del 22 de noviembre. Las respuestas sectoriales han sido dignas y con la firmeza necesaria para afrontar la represión y la mano dura, pero estas expresiones se focalizan en sectores trabajadores castigados por los despidos. Son respuestas puntuales a decisiones particulares del gabinete económico, no se visualiza hasta el momento, una lectura más abarcadora de la gestión de Cambiemos que impugne el programa de Macri como una expresión descarnada de los intereses de las grandes corporaciones capitalistas y como un ataque virulento a los derechos y necesidades de las clases trabajadoras.
Hacer el balance de la derrota electoral, saber por qué perdimos, en que nos equivocamos, tendrá un doble efecto: corregir lo que hicimos mal, impulsar lo que dejamos de hacer y ofrecer a los trabajadores y sectores populares un espacio de resistencia y recuperación de la iniciativa política que ponga topes a la ofensiva neoliberal y genere nuevas instancias de lucha y elaboración de propuestas alternativas.

Sólo a partir de entonces será posible hablar de un regreso victorioso del conjunto de fuerzas que expresaron los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Sin revisión de lo actuado y sin organización, no podremos vencer.


                         

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