domingo, 19 de mayo de 2013

LA MUERTE DE UN GENOCIDA.‏



Por Carlos Prigollini
Definitivamente no hay nada que celebrar. La muerte del ex dictador Jorge Videla, es un dato para las noticias de los medios, pero para aquellos que vivimos persecución, cárcel, torturas y exilio, no es mas que el final de una época. Una época que desgraciadamente para muchos amantes de la democracia, suele ser reivindicada y adulada por algunos argentinos, que lejos de la sobriedad, de la convivencia republicana  o la ética moral, siguen siendo nostálgicos trasnochados de la sangrienta dictadura (los diarios La Nación, La Nueva Provincia, entre otros), o políticos de singular hipocresía, o idiotas útiles que bajo su ignorancia esconden un instinto violento o criminal,  y que a falta de un buen resultado electoral solo saben avalar intentonas golpistas o crear un clima de zozobra para inventar un levantamiento cruento en la sociedad.
Videla murió a los 87 años, solo en una celda del penal de Marcos Paz,


por el enjuiciamiento y condena de crímenes de lesa humanidad, además del cargo de apropiación de bebés recién nacidos. Forma parte de los 411 genocidas condenados, fue llevado a juicio en más de una ocasión, siendo liberado en 1985, durante el gobierno de Raúl Alfonsín por las aberraciones jurídicas de punto final y obediencia debida, y posteriormente indultado en la década de los años 90 en el mandato de Carlos Menem.
Llegaría la lucha inclaudicable de las madres y abuelas de Plaza de Mayo, junto al arribo a la presidencia de Néstor Kirchner en el 2003, quién tomó a la política de derechos humanos como una política de Estado, para recuperar el juicio y castigo a los culpables, y además de bajar el cuadro de Videla de la galería de ex presidentes argentinos, llevarlo nuevamente a juicio y darle cadena perpetua por los crímenes cometidos. Por cierto un juicio que el ex dictador negaría a las decenas de miles de compatriotas masacrados, torturados durante la noche mas aciaga de los argentinos.

domingo, 5 de mayo de 2013

OPOSICIÓN ANTI-K: URGENCIAS ELECTORALES Y MISERIAS PROGRAMÁTICAS


Por José Miguel Candia
Tal vez el dato más relevante del “cacerolazo” del pasado 18 de abril es que potenció el espíritu beligerante de la oposición y alentó los planes desestabilizadores contra el gobierno de la Presidente Cristina Kirchner. Puede discutirse la cantidad de manifestantes presentes en relación a eventos anteriores convocados con  idéntico formato y propósitos similares, pero resultó evidente en esta ocasión, el marcado interés de las dirigencias partidarias por robar cámaras y salir en la foto. Hubo de todo como en botica, desde el centrista

EL ODIO










Néstor S. Medina

Desde el odio, hasta lo más aciago es posible.
Después de 50 años, más o menos, me dio por repasar un libro de historia contemporánea argentina. Por primera vez leí sobre el tema estudiando, tomando notas, analizando y descubriendo -asombrado- la recurrencia de sucesos dramáticos (políticos, sociales, económicos) desde 1816, año de nuestra independencia, hasta hace poco más de un par de lustros. Y cuando digo dramáticos, me refiero a violencia en todas las formas posibles.
Al origen de nuestra historia patria podríamos ubicarlo en la época de la Conquista en todo el subcontinente americano que, como quedó demostrado por más de un investigador, estuvo motivada por la codicia, madre del racismo, la esclavitud, la rapiña y el odio. Mal comienzo. Desde aquellos lejanos días de la colosal aventura española, la ira y la saña quedaron atornilladas en nuestras mentes. Un ejemplo: antes del descubrimiento de América, los “sanguinarios” aztecas  guerreaban con algunos de sus pueblos vecinos sin odio. Combatían deportivamente y era de mayor mérito hacer prisionero al oponente que matarlo en el campo de batalla. El sacrificio de los cautivos era un tema religioso. Pero a partir de la llegada de los civilizados europeos, el odio y sus derivados construyeron la gran tragedia humanitaria americana, con sus matices.

jueves, 2 de mayo de 2013

¿QUIÉN ES?




Ángel Delgado


Si Diógenes tuviese la oportunidad hoy, como lo hizo en su tiempo, de buscar “hombres honestos” e independientes de los lujos materiales en el escenario de la política, nos bastaría con los dedos de las manos para poder contar los integrantes de ese disminuido grupo, pero con certeza está incluido el personaje que es motivo de este artículo.    

Inició su participación política en el Partido Nacional, pero se percató rápidamente que para lograr cambios estructurales en la sociedad era necesario buscar otras alternativas políticas y se integra a la Unión Popular, que tampoco logró satisfacer sus expectativas, por lo que se incorpora al Movimiento Tupamaro, formando parte de la Dirección Nacional.  

Es recién después de su detención y a las condiciones inhumanas de su confinamiento en una cisterna durante trece años en calidad de rehén  que conmovió a la opinión pública mundial y motivó campañas internacionales por el mejoramiento de las condiciones de confinamiento. Con la caída del régimen dictatorial fue amnistiado y salió a la luz la realidad del calvario al que había sido sometido.  A propósito el Presidente Correa lo nombró como el “Mandela latinoamericano” que aunque él tiene sus propios méritos en términos políticos  esa comparación no deja de ser una importantísima distinción.

Los trece años en que estuvo enterrado vivo quizás puedan haber deteriorado su salud física, pero no lograron quebrantar su determinación en la lucha por la justicia social.

Con el advenimiento de la democracia y los cambios que sucedieron en el mundo y a nivel local lo encausaron a fundar y militar en el Movimiento de Participación Popular por el cual fue elegido diputado por Montevideo en 1994 y Senador en 1999.