lunes, 3 de septiembre de 2012

LA CULTURA DEL NEOLIBERALISMO


Carlos Prigollini

En los años 70, el secretario de Estado del presidente Richard Nixon, el inefable Henry Kissinger declaraba que el enemigo real de Estados Unidos siempre ha sido el nacionalismo independiente, particularmente cuando amenaza convertirse en un "ejemplo contagioso", en clara alusión al socialismo que se gestaba en Chile. El 11 de septiembre de 1973, por orden de Kissinger, las fuerzas del general Pinochet atacaron el palacio presidencial, mientras que el presidente Salvador Allende, democráticamente elegido por su pueblo, se suicidaba por no estar dispuesto a rendirse al asalto que convirtió al país andino en un régimen de tortura y represión. Poco después, el 24 de marzo de 1976, las fuerzas armadas argentinas ejecutaban el golpe de Estado en su país para realizar un verdadero genocidio que implicaba la desaparición por muerte y tortura de más de 30.000 argentinos. El retroceso económico y social que se produjo en ese país fue evidente, y desgraciadamente el desmantelamiento del aparato productivo y laboral de los militares fue completado bajo un gobierno democrático, que en los años 90, bajo la tutela del presidente Carlos Menem registró el peor de los períodos civiles, que se dieron en el siglo pasado.

Bajo el lema "síganme, no los voy a defraudar", Menem asumió con el handicap de ser peronista en un país que supo ser entre los años 1946-1955 (gobierno peronista) la sociedad más igualitaria y desarrollada de América Latina. No obstante, el caudillo de La Rioja no tardó en transformarse en íntimo amigo de las transnacionales, la oligarquía criolla y un alineamiento incondicional con los Estados Unidos, con el agregado que las relaciones carnales con el país del Norte permitirían salir rápidamente del subdesarrollo clásico.


Durante el régimen menemista los "nuevos empresarios" operaron impunemente con el Estado como aval de sus extrañas operaciones, realizando impresionantes transferencias de ingresos en favor de unos y otros, mientras las principales empresas del país (algunas de ellas con superávit) eran desprolija y arbitrariamente privatizadas. Así las cosas, la deuda privada de unos pocos era trasladada a deuda pública, y una minoría se enriquecía a costa de una inmensa mayoría que se empobrecía y simultáneamente perdían sus empleos, pasando a engrosar el marco de incertidumbre, recesión y pobreza.

Todo ello bajo un común denominador: la corrupción imperante que impedía todo tipo de contraloría sobre los grandes negociados, traducidos en muchas ocasiones en tráficos de armas y drogas, lavados de dinero y otras actividades ilícitas típicas de la segunda década infame de la Argentina, que fueron los diez años del menemato.

Esta fiesta auspiciada y financiada por el crédito del Fondo Monetario Internacional y otros organismos multilaterales dejarían al país en un endeudamiento externo imposible de ser pagado, tal vez cómo nunca se había visto. 

Como bien señala el ex canciller de Néstor Kirchner, el doctor Rafael Bielsa en su obra ARGENTINA, UNA LUZ DE ALMACÉN, existen según el especialista en pensamiento organizacional, Bernardo Kliksberg "diez falacias sobre los problemas sociales de América Latina" ostentadas por las teorías neoliberales que inspiraron a los economistas sobre los mercados durante la década de los 90 en la Argentina:

1. Negar la gravedad de la pobreza.

2. No considerar la irreversibilidad de los daños que causa.

3. Argumentar que sólo el crecimiento económico solucionará los problemas.

4. Desconocer la trascendencia del peso regresivo de la desigualdad.

5. Desvalorizar la función de las políticas sociales.

6. Descalificar totalmente la acción del Estado.

7. Desestimar el rol de la sociedad civil y del capital social.

8. Bloquear la utilización de la participación comunitaria.

9. Presentar el modelo reduccionista que se propone como la única alternativa posible.

10. Eludir las discusiones éticas.

Al respecto, agregaría que la corrupción no la debemos tomar como un error o un exceso, por el contrario es una perversión inherente al modelo neoliberal.

En definitiva es la esencia de los poderes fácticos que durante décadas nos han impuesto los tecnócratas de diferentes matices, ultramontanos, militares y fundamentalistas encargados de propagar bajo las bayonetas o en democracias restringidas, el autodenominado sistema neoliberal.

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