jueves, 12 de julio de 2012

MEMORIA VIVA


 La pelea es bárbara, pero la causa
la hace criminal o heroica.

Néstor Medina

Estoy aquí para contarles nuestra experiencia como testigos de la tragedia que significó, para el territorio meridional de nuestro continente, la concurrencia -no casual- de las dictaduras militares de los setenta. Y con el propósito de salvar la memoria; salvarla del olvido que es como la muerte.

Algunas cosas que diga, seguramente son conocidas por muchos de ustedes al estar ampliamente documentadas. En consecuencia, trataré de ser breve e ir directo a lo medular de lo ocurrido en Argentina entre 1976 y 1983 dejando, inevitablemente, muchos sucesos importantes en el tintero.


En ese lapso, como saben, hubo más de 30.000 desaparecidos previamente torturados y luego asesinados. Debemos agregar otros cientos que eran presos “legales” y fueron también martirizados y fusilados. Sin omitir, faltaba más, a los valientes que cayeron en combate, abonando con su sangre la reverdeciente Argentina de hoy. Los restos de esos Compañeros, como sucedió con los del Che Guevara en Vallegrande, siguen siendo recuperados de las fosas clandestinas de mi tierra, por los obsesos de la verdad, la justicia y el amor.


La última dictadura -esperamos que realmente lo sea- nos legó un país económicamente quebrantado. Un solo dato: en el período castrense  del 76 al 83, la deuda externa argentina pasó, si no me fallan los números, de casi 8 mil millones de dólares a más de 45 mil millones, incrementándose en 465%…

Sabemos que gran parte de tal fabulosa cantidad fue a la bolsa de las hienas como botín de guerra por “servicios prestados a la patria”. Una de las tantas formas del saqueo al patrimonio público consistió en el autoincremento sideral y vergonzoso de salarios y prestaciones, con la justificación de que la profesión militar era de alto riesgo. Por varios años nos robaron hasta el alma y, en no pocos casos, las ganas de vivir.

En aquel tiempo de plomo, posterior a la muerte de Perón pero que en realidad había comenzado en el 74, por hacer un corte, las cárceles se convirtieron en campos de concentración saturados de militantes de todas las edades, y de ladrones de gallinas, como consecuencia del desmadre neoliberal que  disparó el índice de pobreza e indigencia a cifras sin precedentes.

El patrimonio de miles de víctimas (inmuebles, muebles, vehículos y un largo etcétera), también fue considerado botín de guerra… junto a los bebés que les quitaron a las compañeras, en los centros clandestinos de detención, después de asesinarlas. Y Dios ciego, sordo y mudo. Ese nivel de salvajismo ¿cómo se puede entender, cómo se puede  explicar en gente “devota” de San Martín, el santo de la espada y la Virgen de la Merced, “Patrona del Ejército”?

Aquel  avieso y corrupto régimen que comenzó oficialmente en Argentina el 24 de marzo de 1976, con la junta de las tres armas, sacrificó a gran parte de la flor de la juventud que, aún cometiendo errores, luchó por el ideal de un país y un mundo mejor.
No hay que olvidar tampoco, que los sátrapas uniformados tuvieron cómplices y patrocinadores. Entre otros: la CIA, la cúpula de la Iglesia Católica con el Nuncio Apostólico a la cabeza y monseñor Tortolo, que nos visitaba en la cárcel de La Plata para decirnos que Videla era “oro en polvo”, cuando ingenuamente le contábamos de las torturas.

Otros apoyos fueron parte de la clase política, incluyendo el ala fascista del peronismo en que se sustentaron las “AAA” (Alianza Anticomunista Argentina), un sector de la clase media y alta -esta última nucleada en la oligárquica Sociedad Rural-, funcionarios del poder judicial, asociaciones profesionales como algunas de abogados, empresarios -son emblemáticos los casos de diario Clarín, Ford y Mercedes Benz-; el FMI, el BID y el BM como banqueros del Proceso y otros regímenes dictatoriales vecinos, suscriptores del Plan Cóndor.

 También bendecían a la dictadura el bloque soviético y la Sociedad Interamericana de Prensa. Formidable frente…

Durante el mundial de fútbol del 78, la presión internacional por los crímenes de los militares argentinos se intensificó significativamente. Entonces, los milicos, como les decimos a nuestros soldados profesionales afectuosamente, sacaron de la gorra aquello de “somos derechos y humanos” (en realidad, sólo eran mercenarios del imperio disfrazados de patriotas). Como vemos, no carecían aquellos monstruos de cierta dosis de humor negro, atroz  cinismo y  cierta creatividad para lo perverso.

Retomando el tema del mundial de fútbol en plena tiranía, va una  anécdota para amenizar:

Cierta gélida jornada de junio de ese 78, ya en fase de eliminatorias, la selección argentina jugaba contra... ya no me acuerdo. Yo estaba confortablemente instalado en mi cueva, en la tenebrosa cárcel de Sierra Chica -al sur de Buenos Aires- compartiendo domicilio con el “Patatín”, Juan Martín Guevara de la Serna, hermano menor del Che, y el “Chango” Tumini entre otros queridos compañeros.

Al  anochecer, sorpresivamente, entró por nuestra ventana que daba a un patio exterior, la transmisión por altoparlante del mencionado partido. ¡No podíamos creerlo! ¿Se venía la mano blanda? ¿Dejaríamos de ser tratados como animales de laboratorio en esa cárcel que era una morgue? No, era parte de la sistemática tortura psicológica (de la física ni hablar). Los sádicos dejaban el sonido unos segundos y lo cortaban por varios minutos. No supimos el resultado del juego pero sí, por voz de un celador sarcástico y gritón, que nos estábamos perdiendo el mundial por apátridas y comunistas.

La mayoría éramos conscientes de que usaban el evento con fines de propaganda, como en Berlín en 1936 lo hizo Hitler y en Italia Mussolini. Pero el pequeño fanático del excelso deporte del balompié, que todo auténtico gaucho lleva en el corazón, nos creaba una contradicción irresoluble (como más tarde nos pasó, a algunos, con Malvinas): queríamos escuchar el deseado triunfo de nuestro equipo y festejarlo a gritos… en sintonía con los verdugos. Aun hoy, en un asado o un café o un velorio, discutimos apasionadamente sobre aquel mundial, sobre si Evita y el Che vivieran, lo de Malvinas y otras “boberías”, como dicen los cubanos.

En aquel magno evento deportivo, estuvo como invitado especial el salvador de Chile y profeta Henry Kissinger, quien declaró a la prensa en Buenos Aires: “Este país tiene un gran futuro a todo nivel” (ojo, que la Argentina de hoy lo confirma). Los milicos aplaudieron a rabiar. Y Berti Vogts, capitán del equipo alemán, declaró: “Argentina es un país donde reina el orden. Y no he visto a ningún preso político”…

Sucedió un  avatar histórico de importancia para aquella época, que los dictadores del Cono Sur y otras latitudes lamentan hasta el día de hoy. Un caso singular que no volvería a repetirse, tenía muy pocos precedentes y salvó muchas vidas: la asunción, en enero de 1977, de James Earl “Jimmy” Carter Jr., como presidente de EU. Carter -para mi gusto- es un rara avis que reniega del autoritarismo y desea figurar en la Historia como “campeón” de los derechos humanos. De inicio, asume una actitud muy crítica de sus predecesores en el gobierno y tilda de inmoralidad gubernamental la intervención de su país en apoyo de las dictaduras militares… Muy probablemente, a él más que a otros, le debemos que hoy podamos comparecer ante ustedes.

Otra de las consecuencias nefastas de aquella represión, fue la diáspora que provocó. Se calcula que tuvimos que salir del país como dos millones de argentinitos, lamiéndonos las heridas y canturreando tangos que lloran a la familia y los amigos perdidos.

No pocas veces nos hemos preguntado por qué, si nos odiaban tanto y nos tenían en sus garras, no nos mataron a todos. Se me ocurren sólo tres respuestas: 1°) no tuvieron el valor, 2°) no se los permitió el imperio por evitar corresponsabilidad en un genocidio y 3°) valíamos mucho como rehenes. Esto último fue tal vez lo más determinante, porque cada vez que la guerrilla actuaba, los valientes se desquitaban torturando y asesinando compañeros presos, indefensos.
Podríamos seguir con la lista de iniquidades, pero sospecho que aburriría. Prefiero contarles que, como consecuencia del mencionado desparramo de compatriotas, los que aún por diversas circunstancias estamos en una especie de limbo terrenal y espiritual (llevo en México casi 30 años), ¿de dónde somos? Para mí este asunto es vital, aunque a esta altura del partido parezca irrelevante y se hable mucho de los “Argenmex” como solución del problema identitario. En ese tema concuerdo plenamente con lo dicho por García Márquez: “…uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo tierra”.

Por desgracia mis muertos, los queridos muertos de muchos de los aquí presentes, están allá, al sur del Sur. Y nosotros acá, sin poder continuar en la lid junto a nuestros hijos y nietos militantes. Sin poder acompañar, en su lucha sin tregua por la justicia, a nuestras heroicas Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Eso es lo más dramático del exilio -sin exagerar- cuando no es posible el regreso deseado.

         Creo que aquellos compañeros que “se nos adelantaron”, como dicen ciertos poetas,  y hoy yacen bajo la piel inquieta de la tierra o el mar, sólo están descarnados, pero más vivos que nunca en nuestras mentes y corazones. Por ellos estamos hoy aquí; y estaremos mientras haya vida.

La justicia lenta pero efectiva y tenaz contra los genocidas, que se da actualmente en tierras del Plata, liquida la impunidad histórica y es una ofrenda para quienes se fueron luchando y quienes recogieron sus banderas y avanzan.

Las hienas del Proceso castrense, que aún quedan sin castigo, siguen siendo sacadas de los cubiles donde se esconden cobardemente dentro y fuera del país (recordemos el caso Cavallo precisamente en México) y llevadas ante los jueces a rendir cuentas. Lo certifican los 169 genocidas condenados y los 856 militares y civiles procesados en toda Argentina, hasta hoy.

Como suele ocurrir por la complicada y a menudo contradictoria conducta humana y sus consecuencias, la dictadura de Videla y asociados produjo un quiebre histórico. De tal trascendencia, que nos permite soñar con aquel Nunca Más que es consigna sagrada de nuestra generación y las siguientes. Ahora decimos también Nunca Menos. Nunca menos de todo lo conquistado y recuperado de lo mejor de nuestra historia.

Desde el 83, tímida y torpe, comenzó a asomar nuevamente la democracia, por llamar de algún modo a ese sistema que con Alfonsín tomó el Gobierno mas no el poder. Hoy, como un milagro sin precedente en los últimos dos siglos, llevamos 28 años sin golpes militares; 28 años de putearnos todos contra todos, pero más por usos y costumbres que por odio. Y la mayoría con renovada esperanza.

Por primera vez en Argentina, un civil tiene más poder que un militar. Por primera vez un civil puede enjuiciar, condenar y encarcelar por delitos de lesa humanidad u otros a un militar. Y no conozco otra nación del continente en el que ese fenómeno tenga tal magnitud.  No es poca cosa.

A partir de 1983, dejamos de tener gobiernos prestados para que los “civilachos”, como nos decían los milicos, jugáramos un rato a la política. 

Hay un nuevo ánimo juvenil en Argentina. Es fruto de la entusiasta y masiva militancia, entendida ésta como formación y acción política. Igual que en los sesenta y setenta, resurge ese fenómeno efervescente, pero con una novedad: los jóvenes de hoy, por su compromiso político -como destacó nuestra querida Presidenta con palabras más felices hace pocos días- no arriesgan ya la libertad y la vida, salvo en sucesos infortunados excepcionales de los que esta gestión no es responsable. De nuevo: no es poca cosa.

Voy cerrando con unas palabras del compañero, compatriota y  escritor Héctor Tizón: “…éste será, al menos en mis apuntes, el testimonio balbuciente de mi exilio; […] el testimonio de alguien que ahora huye pero anota y sabe que un pequeño papel escrito, una palabra, malogra el sueño del verdugo.”

Finalmente, propongo un brindis virtual por los héroes, mártires y militantes en pro de la justicia en nuestra América austral, y por la victoria final que viene. Seguramente.



                        

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